daniel

— Detrás del proyecto —

Soy Daniel. Llevo veinte años acompañando a parejas y familias en sus procesos de cambio.

Psicólogo clínico, magíster, terapeuta de pareja y familia, profesor de la Pontificia Universidad Javeriana.

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Mi formación y mi consulta.

Durante veinte años he trabajado acompañando a individuos, parejas y familias en procesos de cambio, crisis y transformación personal. Mi experiencia profesional combina la práctica clínica con metodologías para facilitar conversaciones significativas en contextos de alta complejidad.

He sido profesor de la Pontificia Universidad Javeriana en los programas de pregrado en Psicología y en la Maestría en Psicología Clínica, en temas relacionados con psicología social y psicología clínica, particularmente en intervención familiar y sistemas humanos.

Mi formación se ha enriquecido con estudios en terapia sistémica, construccionismo social, coaching, liderazgo apreciativo, prácticas colaborativas y metodologías orientadas a la construcción del diálogo y a la transformación de conflictos.

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Construcción de paz y conflicto humano.

Una parte importante de mi trayectoria estuvo vinculada a proyectos de construcción de paz, desarrollo comunitario y fortalecimiento institucional. Lo que más ha influido en Amor a prueba de hijos no ha sido el trabajo comunitario o social en sí mismo, sino la comprensión del conflicto como un fenómeno profundamente humano.

Los conflictos —los grandes y los pequeños— responden a las mismas lógicas humanas: necesidades legítimas, conversaciones difíciles, acuerdos posibles.

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Las preguntas que sostienen mi trabajo.

Durante años estudié y trabajé alrededor de preguntas como estas:

  • ¿Por qué las personas que se quieren terminan enfrentándose?
  • ¿Cómo se construyen los desacuerdos?
  • ¿Qué permite que una conversación difícil se convierta en una oportunidad de crecimiento?
  • ¿Cómo se generan acuerdos duraderos cuando existen necesidades legítimas pero diferentes?

Con el tiempo descubrí que estas preguntas no pertenecen únicamente al mundo del conflicto a gran escala. También están presentes —con la misma intensidad y la misma urgencia— en la vida cotidiana de las parejas y las familias.

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De ahí nace Amor a prueba de hijos.

Durante años trabajé con parejas en consulta, con comunidades en conflicto y con instituciones en crisis. Y descubrí algo que cambió mi forma de mirar las relaciones: en todos esos escenarios, lo que estaba en juego era casi siempre lo mismo. Necesidades legítimas que no encontraban un canal de conversación. Acuerdos pendientes que nadie sabía cómo construir. Vínculos importantes que se desgastaban por la falta de un lenguaje compartido para nombrar lo difícil.

La vida me llevó después a mi propia transición. Me casé. Llegaron mis dos hijas. Y empecé a sentir en casa lo que tantas parejas me contaban en el consultorio: el cansancio, las conversaciones aplazadas, los acuerdos no dichos, la sensación de que el amor no alcanzaba. Sabía como terapeuta lo que estaba pasando. Pero saberlo no era lo mismo que vivirlo.

Entendí entonces que para esta etapa de la vida familiar, casi nadie está preparado. No nos preparan la formación clínica, ni los libros de crianza, ni la familia de origen. Las parejas llegan a la transición sin mapa, y muchas veces se distancian no porque hayan dejado de amarse, sino porque les falta un método para conversar en medio de la exigencia.

Mi propia historia —hijo de padres separados, esposo, padre de dos hijas— también está en cómo miro las relaciones y en cómo escucho a las parejas que llegan a consulta. No es la única razón por la que existe Amor a prueba de hijos, pero sí una parte importante del lugar desde el que lo pensé.

Amor a prueba de hijos integra lo que aprendí en la psicoterapia, en la teoría del conflicto, en las prácticas colaborativas para el diálogo y en mi propia vida familiar. Es una metodología para que las parejas con hijos pequeños puedan volver a conversar, construir acuerdos sólidos y encontrarse otra vez cuando la vida es exigente.

Un método para conversar mejor cuando la vida es exigente.
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