Cuando hacer el amor se parece a todo lo que hemos vivido

— Diario —

Cuando hacer el amor se parece a todo lo que hemos vivido

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La sexualidad no es un capítulo aparte de la relación: se parece a todo lo que la pareja ha vivido. En ella aparecen el afecto, el cansancio, las conversaciones pendientes, la forma de resolver los conflictos, la confianza, las heridas y también el placer de seguir eligiéndose. Por eso, cuando la vida en pareja cambia, la sexualidad también cambia.

La llegada de los hijos suele hacer más visible esta relación. El cuerpo está cansado, el tiempo se fragmenta y la intimidad pierde espontaneidad. Pero no solo cambia la frecuencia de los encuentros sexuales. También cambia el camino que cada persona necesita recorrer para llegar a ellos.

Para algunas personas, la sexualidad es un punto de partida. El contacto físico, el deseo y el encuentro erótico les permiten sentirse cercanas, queridas y emocionalmente conectadas. Para otras, la sexualidad es un punto de llegada: necesitan sentirse escuchadas, acompañadas y valoradas antes de que el cuerpo pueda disponerse al encuentro. En el primer caso, se busca hacer el amor para recuperar la conexión; en el segundo, se necesita recuperar la conexión para poder hacer el amor.

Aunque no es una regla, muchos hombres describen la sexualidad como una vía para construir cercanía emocional, mientras muchas mujeres reportan que el deseo aparece más fácilmente cuando ya existe esa cercanía. Esta diferencia no pertenece exclusivamente a hombres o mujeres. Puede invertirse, alternarse o cambiar con el tiempo. Lo importante es reconocer que detrás de una aparente diferencia en el deseo puede haber dos maneras distintas de buscar conexión.

Allí surge una paradoja. Una persona piensa: “si tuviéramos mayor cercanía sexual, volveríamos a sentirnos unidos”. La otra piensa: “si volviéramos a sentirnos unidos, podría recuperar el deseo sexual”. Cada una espera que la otra ofrezca primero aquello que necesita para poder responder. Nadie necesariamente quiere alejarse, pero ambas terminan esperando en extremos distintos del mismo puente.

Con el tiempo, este desencuentro puede convertirse en un circuito doloroso. Quien busca conexión a través de la sexualidad se acerca, insiste o pregunta por qué ya no ocurre como antes. Quien necesita conexión antes del encuentro puede experimentar esa aproximación como presión y tomar distancia. Esa distancia aumenta la inseguridad de la primera persona, que busca contacto con mayor urgencia. Cuanto más insiste una, más se retira la otra; cuanto más se retira una, más insiste la otra.

Si la pareja no logra ver el circuito, empieza a explicar el problema mediante defectos personales: “solo te interesa el sexo”, “ya no te gusto”, “eres una persona fría” o “nunca es suficiente para ti”. El problema deja de ser la forma en que sus necesidades intentan encontrarse y pasa a ser, aparentemente, la personalidad o la falta de amor de alguno de los dos.

La presión también modifica la experiencia del deseo. Cuando el sexo se convierte en una prueba del estado de la relación, cada acercamiento carga con demasiado significado. Aceptar puede sentirse como una obligación; rechazar puede interpretarse como una declaración de desamor. Incluso una caricia puede recibirse con prevención si se teme que deba conducir necesariamente a una relación sexual.

Salir de esta paradoja no consiste en decidir cuál de las dos formas es correcta. Tampoco en pedirle a una persona que tenga sexo para sentirse después conectada o exigirle a la otra una conexión emocional perfecta antes de acercarse. Ambas alternativas convierten la necesidad de alguien en una obligación para su pareja. La tarea es comprender qué condiciones favorecen realmente el deseo de cada persona y construir puentes que respeten los límites de ambas.

Esto requiere ampliar la idea de intimidad. La conexión emocional puede comenzar antes del encuentro sexual mediante una conversación, un gesto de cuidado o un tiempo compartido sin pantallas ni tareas pendientes. Al mismo tiempo, la cercanía física puede recuperar un lugar sin que cada contacto tenga que terminar en sexo. Besarse, abrazarse o acariciarse sin una meta predeterminada permite que el cuerpo vuelva a sentirse como un espacio de encuentro y no como un territorio de evaluación.

También hace falta hablar del deseo. Muchas parejas tienen relaciones sexuales, pero nunca conversan sobre ellas. Se sobreentienden, se miden o se reclaman, pero no se exploran. Preguntar qué despierta el deseo, qué lo inhibe, qué tipo de cercanía se extraña o qué ha cambiado desde que llegaron los hijos puede ser más valioso que discutir únicamente cuántas veces ocurre. El deseo no siempre desaparece: a veces pierde las condiciones que le permitían aparecer.

Entender la sexualidad como inicio y como resultado permite abandonar una pregunta que empobrece la conversación: “¿quién debería acercarse primero?”. Quizá ambos necesitan comenzar desde lugares distintos. Una persona puede contribuir a construir la seguridad emocional que facilita el deseo; la otra puede cultivar formas de contacto físico que no estén cargadas de exigencia. No se trata de determinar quién debe ceder, sino de comprender la lógica afectiva desde la cual cada uno se aproxima.

Hacer el amor se parece a todo lo que la pareja ha vivido porque los cuerpos también guardan la historia de la relación. Recuerdan la ternura y el rechazo, el cuidado y la presión, la libertad y la obligación. La sexualidad puede ser el resultado de una conexión que ya existe, pero también puede abrir el camino para recuperarla. La posibilidad aparece cuando la pareja deja de discutir cuál debería venir primero y comienza a construir un lugar en el que ambas experiencias puedan encontrarse.

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