Cuando hacer el amor se parece a todo lo que hemos vivido

— Diario —

Cuando hacer el amor se parece a todo lo que hemos vivido

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Casi ninguna pareja empieza hablando de su vida sexual. Empiezan hablando de la crianza, del cansancio, de las discusiones que se repiten. Y en algún momento, cuando ya hay confianza, aparece la frase que en realidad estaba esperando su turno desde el principio: “hace meses que no pasa nada entre nosotros, y no sé si eso es grave”.

Casi nunca es grave en el sentido en que se imaginan. Y casi nunca es el problema en sí mismo. La sexualidad, después de los hijos, rara vez es el punto de partida de lo que le pasa a una pareja. Es la consecuencia de todo lo demás: de cómo se sienten tratados durante el día, de si hay resentimientos acumulados sin conversar, de si queda alguna energía después de sostener la casa, el trabajo y la crianza.

La pregunta de qué hacer para “recuperar la vida sexual” casi siempre tiene la misma respuesta de fondo: mirar primero las otras tres partes de la relación. Cómo está la intimidad —si todavía se sienten vistos como personas, no solo como funciones—. Cómo está el compromiso —si los acuerdos de la vida diaria se sienten justos—. Cómo está la pasión —si queda algún proyecto compartido, algún tiempo que no gire alrededor de los hijos—. La sexualidad casi siempre refleja el estado de las otras tres.

Cuando están cuidadas, el deseo encuentra su propio camino de regreso, aunque tome un ritmo distinto al de antes. Cuando alguna lleva mucho tiempo descuidada, aparece un silencio que ninguno de los dos sabe cómo romper, y que casi siempre se interpreta mal: como falta de amor, como señal de que algo se apagó para siempre.

Hay algo más que vale la pena decir en voz alta, porque casi nunca se dice: es normal, y hasta esperable, que la vida sexual de una pareja con hijos pequeños no se parezca a la que tenían antes. No porque haya menos amor, sino porque el cuerpo, el tiempo y la energía disponible cambiaron de verdad. El problema no es que cambie. El problema es no hablarlo, y dejar que el silencio se llene solo de interpretaciones —casi siempre las peores.

Lo que sí ayuda es tratar esto como una conversación más, no como un tema tabú que se evita hasta que se vuelve un problema. Preguntarse juntos qué necesita cada uno ahora, en esta etapa, sin comparar con el pasado ni con lo que “debería” ser. Volver a mirar las otras tres dimensiones antes de buscar soluciones rápidas para la cuarta.

Y sobre todo, quitarle a la sexualidad la presión de ser el termómetro único de si el amor sigue vivo. El amor sigue vivo en muchos lugares antes de llegar ahí: en cómo se hablan, en cómo se cuidan, en cómo sostienen juntos lo que la vida les exige todos los días.

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